–Te vas a morir…
Toda esta gente le llora a un sólo cabrón, y no entiendo por qué le lloran a un cobarde como ese. Para amenazar hay que tener huevos; los hocicones se van al cielo, me dijo cierto día un teporocho en el barrio, ¡mira que sacar un arma para no jalarle! Pues ya ves, te demostré que yo sí pude. Pero no fui ojete, te traje tus flores; es más, te montaré guardia en un rato. Por el momento tengo que aparentar un chingo de dolor, aunque por dentro estoy más feliz que nunca, por fin Soledad será mía, ya nadie me la quitará. Fueron cuatro años en los que me di vida de perro, nomás Sol me decía ven, y yo le movía la cola de alegría, nos besábamos a escondidas, nos manoseábamos, cogíamos. Yo jamás entendí tu reproche, si ella para ti era un mueble más en tu casa. Para mí, ella lo era todo. Fernando se acerca al féretro para montar una guardia; mira a su alrededor: algunos lloran; otros, con el semblante desquebrajado, no hacen más que guardar silencio. Soledad se ve cansada y con los ojos hinchados de tanto llorar. Ahora sí manito, ya estoy a tu lado para que me escuches mejor; pero mira nada más qué bonito te dejaron, no cabe duda que estos pendejos de Gayoso saben hacer su trabajo, hasta pareces maniquí. Si hubieras tenido valor, Alejandro, ahora sería yo quien ocuparía tu lugar; jamás pensé que fueras a cumplir eso de quererme matar. Mañana me voy con Sol a la playa a tomar unos cocos con ginebra, mientras espero que tú disfrutes tu infierno, porque dicen que cuando los meten al horno para cremarlos, crujen. Fernando imita muy bien las lágrimas que toda la gente cree honestas; incluso la madre del difunto se acerca para abrazarlo y encaminarlo a los sillones. Le ofrece un café y él acepta con gusto. Qué bueno que me jaló esta vieja, ya me había cansado y esta bola de huevones no se para a hacer esquina, lo bueno es que soy bien bueno para eso de actuar. Este café está delicioso. A tu salud, mi amigo. Por momentos, Fernando no puede ocultar la felicidad que siente. Soledad se acerca para pedirle que se marche, le dice que no es bien recibido, ni por ella, ni por el difunto. Lo jala del brazo y lo llevaba al patio de los velatorios. Le pide que olvide todo, pues pensó que su dolor no podría llegar a ser tan lamentable. Le pide que se vaya porque todo ha terminado entre ellos, sólo fue un juego que el difunto no se merecía, y además maldice al asesino. Pero Sol, por fin eres libre, ya no tendremos que escondernos para nada. De hecho ya compré un par de boletos para salir mañana a Acapulco, unas vacaciones no te vendrían mal, además bien merecido que lo tenía. Ella no entiende razones en ese momento, su dolor es más fuerte que escuchar a Fernando; se despide. Fernando le dice que si lo deja, le raja el cuello a ella y después se lo raja él; ella no hace caso de esta amenaza y vuelve al velorio de su marido. Pinche puto, seguramente ahorita estás riéndote. El resto de la noche se la pasó de cantina en cantina; no entendía a las mujeres. Cuando llegó a su casa eran las cuatro de la tarde. Abrió la puerta y Sol estaba con su maleta, muy sonriente, esperándolo. Fernando sonrió y la abrazó. Si amenazas, cúmplela, porque si no, te lleva la chingada.
Fernando cayó al suelo degollado.
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